ATRAPADA EN LA PARADOJA DE SCHRÖDINGER
“… El gato está encerrado dentro de la caja. Solo de mí, que miro, depende que el animal esté vivo o muerto.”
La trémula pantalla parece ofrecerle un guiño de aprobación, pero ya no le basta el mecánico consuelo. Antes, al publicar sus poesías, sentía una suerte de insensato alivio. Ahora mientras su dedo avanza hacia la tecla para confirmar el envío, consciente de que ese sencillo gesto decidirá su destino, apura el limbo en el que se encuentra: suspendida entre dos mundos. La guillotina que pende sobre su cuello es cortante como las lenguas afiladas; los lectores nunca perdonan.
Intuye que en otro segmento espaciotemporal su otro yo ―otro de sus muchos yos―, esa mujer que acertaba en sus elecciones cada vez que ella tropezaba de nuevo, recibirá el reconocimiento de la crítica y el público. Allí Ella, efectivamente, es la que pudo haber sido. Y eso, se dice, la paradoja en la que quiere creer con fe inquebrantable, le basta para continuar. Ha de bastarle. Si hay otros mundos, diga lo que diga Eluard, ya no parecen estar en este. Si hay otras vidas ya no parece morar en ella. Por eso sospecha que la salvación reside fuera: esa pantalla es el portal de acceso a otros mundos posibles. Tantos universos por conquistar como ventanas se abren al otro lado del fino cable, precario puente tibetano hacia unas voluntades desconocidas. Ellos podrían decidir sostenerla o podrían dejarla caer sin acusar el mordisco del remordimiento...
Acabará desintegrada apenas algunos abran la tentadora caja: imposible gustar a todo el mundo. Las diosas, todas, caminan sobre pies de barro. Y los hombres raramente las perdonan por ello.
Pero mientras sus palabras —sometidas aún a la perspicacia del verdugo— floten por el ciberespacio a la espera de juicio, mientras el filo permanezca en el aire y ella levite entre ambos planos afectando ignorar el peso de la materia, seguirá de una pieza.
El maullido procedente del callejón, amplificado por los huecos cubos de basura, ofrece una lección de humildad. Se sabe tan frágil… Tan víctima de la física cuántica como un gato. Ella, como el resignado minino, está tan viva como muerta. Habrá de aprender a exprimir ese tiempo prestado en el que los severos ojos titubean. Porque el felino seguirá vivo hasta que Ellos se decidan a abrir la caja.












