Salomé Guadalupe Ingelmo ante el espejo en 2013
A pesar de todos sus esfuerzos, Alicia no consigue encontrarse al otro lado del cristal. Esa desconocida ha de ser feliz: esposo, un hijo sano, un discreto número de amigos, una situación desahogada en tiempos difíciles… Solo que, de repente, en el improvisado espejo se diluyen todos los afeites y artificios como una mancha lavada con trementina, y queda únicamente ella: la mujer insatisfecha, la artista frustrada. Tiembla ante su propia imagen al recordar el consejo del maestro da Vinci. Si tuviese razón y la realidad fuese lo que el espejo refleja… Como dice el eminente crítico Werner Hofmann, una mujer ante el espejo solo puede vivir una experiencia funesta de sí misma.
Esa noche tarda en conciliar el sueño. Finalmente se levanta y camina por la casa descalza para no hacer ruido. Gira el pomo delicadamente, pero ante ella no se abre el dormitorio de su hijo. Se ve a sí misma no en su antiguo estudio, sino en uno ajeno aunque no desconocido. Al fondo hay un lienzo que no es el del cuadro sino una tela impoluta, invitante. En el suelo, sobre los tubos que llenan desordenadamente el maletín de pintura, el turbador espejo de mano. Uno muy similar a ése en el que se contempla la Lilith de Dante Gabriel Rosseti. Ése en el que la Historia del Arte hace mirarse una y otra vez a la denostada Eva para que el pecado de Narciso parezca menos grave.
(Fragmento de Alicia se mira en el espejo, relato de Salomé Guadalupe Ingelmo), 2013.
