Imposible en los tiempos que corren, aún más siendo escritor, no sentirse indignado y abatido ante la indecente banalización y el infame ultraje a los que se ven sometidas, para empezar en los ámbitos públicos, las palabras. Esta perversión del lenguaje no puede considerarse un incidente casual, sino el síntoma manifiesto de una avanzada descomposición que atraviesa la sociedad entera y afecta incluso a nuestras instituciones, al modelo en su conjunto. Una corrupción de la que el ciudadano de a pie es también responsable por haberla tolerado y así promovido, ya fuese por ignorancia, desidia o estúpido partidismo.
He aquí por qué resulta tan pertinente hablar de nuevo ahora de Pasolini, quien, visionario como pocos, advirtió antes y más claramente que nadie el desastre moral hacia el cual la sociedad contemporánea se encaminaba, un fenómeno que en absoluto se ciñe únicamente a la Italia de los años sesenta y setenta, un persistente cáncer que se propaga sin respetar fronteras.
Dedicado a todos aquellos que, en el pasado, en el presente o en el futuro, se mantuvieron, se mantienen o se mantendrán íntegros a pesar de las consecuencias.
Salomé Guadalupe Ingelmo












