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Entre mis colaboraciones más destacadas se encuentran aportaciones en revistas como miNatura, especializada en literatura fantástica y de ciencia ficción; ISIMU, revista sobre Oriente Próximo y Egipto en la antigüedad; así como en Visor, DArtes o Destiempos, entre otras. Mi participación en estas ediciones colectivas subraya una trayectoria literaria versátil y un compromiso constante con la divulgación cultural y la creación artística.

Discurso V certamen de relato histórico Domingo Henares



I premio del Certamen de relato corto del ayuntamiento de Puente Génave. Salomé Guadalupe

DISCURSO ÍNTEGRO PARA LA ENTREGA DE PREMIOS DEL V CERTAMEN DE RELATO HISTÓRICO "DOMINGO HENARES"
AYUNTAMIENTO DE PUENTE DE GÉNAVE (JAÉN) 2016

Para empezar, mi gratitud a los miembros del jurado, que me han permitido estar aquí hoy, y al resto de asistentes, que me ofrecen la enorme satisfacción de compartir mis impresiones sobre la obra premiada. Es esto lo que creo que esperarán ustedes de mí, al menos es eso lo más preciado que un escritor puede dar, lo más íntimo: su visión personal de la propia obra; los objetivos con los que voluntariamente la escribió o su interpretación una vez que, ya acabada, se acerca a ella como lector. Como lector que conoce mejor que nadie al autor, y que por tanto posee claves de interpretación de las que nadie más dispone, incluso capaces de descifrar mensajes que el autor no ha ofrecido conscientemente. Porque en ocasiones nuestros textos revelan de nosotros mismos mucho más de lo que conscientemente desearíamos revelar. Ese análisis personal del padre o madre de la criatura, obviamente, no siempre coincidirá con las múltiples y a veces incluso contradictorias interpretaciones dadas por críticos y lectores en general. Todas ellas, he creído siempre, enriquecedoras para el autor y la obra misma. Así que lo que esta noche he venido a contarles es, por así decirlo, mi verdad: un examen lo más sincero y sucinto posible del relato premiado.

Corazón de hierro se revela, ante todo, una narración muy actual. Una narración muy actual ambientada a principios del siglo V a.C. Y uno podría preguntarse ¿cómo es posible? Bien, yo siempre he sostenido que la Historia es un círculo ‒a menudo vicioso‒. Un círculo, paradójicamente, imperfecto. Y es que se diría que al hombre le cuesta mucho aprender de sus propios errores: que no progresamos en tanto especie tan rápidamente como nos gusta creer; que a veces entramos incluso en periodos de terca involución. Porque retroceder es siempre fácil; lo realmente difícil es avanzar.

No pasará inadvertido que, al margen de esta lectura social y política, el argumento refleja otro conflicto vital que no afecta únicamente a los pocos llamados a dirigir un pueblo, sino a todos los seres humanos. En un plano más personal, el relato alude a esa difícil encrucijada vital en la que nos encontramos cuando llega el momento de aceptar la pérdida de nuestros progenitores. Y también, especialmente, a las dudas que a menudo nos hostigan sobre si nosotros mismos estaremos a la altura de su memoria, si con nuestros actos realmente nos demostramos dignos vástagos. Si no echaremos por tierra su legado ni los deshonraremos.

Partiendo de una pieza que a ustedes no les resultará desconocida, El Sacrificador de Bujalamé (aparecido en el término municipal de La Puerta de Segura), Corazón de hierro teje una historia que trata sobre la conciencia y el poder. Sobre la conciencia en el poder. Sobre las dudas de quien debe ostentarlo y sobre el uso responsable del liderazgo. Porque, en efecto, los líderes de las pequeñas comunidades protohistóricas, incluso cuando el poder era hereditario, respaldaban y justificaban su presencia en el trono mediante la autoridad moral emanada de sus actos, de sus actos justos, y de sus decisiones, de unas decisiones provechosas para su pueblo. De alguna forma, estos jefes estaban permanentemente a prueba: habían de demostrar que eran sacerdotes observantes y bravos guerreros.

Corazón de hierro es un relato sobre la responsabilidad; sobre el enorme peso de una responsabilidad que no sabemos sí estamos preparados para aceptar, si seremos dignos de desempeñar. Es un relato, por ello, también sobre la honestidad y el honor, sobre el respeto debido a quienes nos precedieron, hacia lo que construyeron, hacia su memoria. Hacia la memoria de los muertos, que clama sacrificio y consideración. Un sacrificio real, pues nuestra estatuilla representa probablemente un guerrero-sacerdote (el héroe fundador de la estirpe real, héroe ya divinizado y protector de la casa real y de la comunidad) en el acto de sacrificar un carnero; pero también representa sacrificio en un sentido alegórico: incluso mucho más íntimo y trascendente; el sacrificio de olvidarse del singular para pensar en el colectivo, de poner la propia vida al servicio de los demás como corresponde a un verdadero líder.

La historia se desarrolla en dos momentos cronológicos que se cruzan y entrelazan, el de una joven estudiante que se prenda de la pieza durante su estancia como becaria en el Museo Arqueológico Nacional y el de un jefe local de principios del siglo V a. C., que, muerto su padre, un rey ejemplar y recto, y heredado el cetro del que El Sacrificador forma parte (engastado sobre un bastón de mando), ha de enfrentarse a sus propios miedos y vencer su inseguridad para poder convertirse en un digno guía para su pueblo. A la disciplinada búsqueda de la superación alude precisamente el título del relato: “Corazón de hierro”. Porque cuando el atribulado protagonistas rebusca en su interior, acaba encontrando la fuerza y la sabiduría. El título no deja de proponer también un juego de palabras que evoca el periodo histórico en el que se circunscribe la historia, la Edad de Hierro. Mientras que la figurilla en concreto, como saben ustedes bien, fue realizada en bronce por el procedimiento de la cera perdida por un fundidor que en el relato se presume jonio, un jonio emigrado a raíz de la presión persa sobre las comunidades griegas.

La historia se desarrolla en dos momentos cronológicos que se entrecruzan porque, como decía antes, no se entiende nuestro presente sin nuestro pasado, y ambos no están totalmente desligados. Además el ser humano, no obstante esa apabullante tecnología que alimenta su soberbia, no deja de seguir siendo, privado de todos esos aderezos tras los que a menudo se esconde, un mono desnudo, para citar a Desmond Morris. En buena medida y salvando las distancias cronológicas, las diversas creencias religiosas, las diferencias culturales y sociopolíticas de nuestros escenarios, no deja de ser cierto que el hombre sigue y seguirá atesorando, básicamente, las mismas esperanzas, deseos, inquietudes, temores y sueños. Por eso la empatía con personajes colocados en un marco remoto en el espacio o el tiempo resulta posible; porque no dejan de ser, de un modo u otro, nuestros hermanos. Y el escritor, especialmente el escritor sincero, además, naturalmente, presta toda su personal gama de sentimientos y experiencias propias, las buenas y las malas, las felices y las dolorosas, a sus criaturas. Con el fin, no ya de ganarse al lector, sino de hacer a sus hijos más humanos. También, conscientemente o no, en la esperanza de que algo de sí mismo quede; de que una parte, a ser posible una parte útil para sus congéneres, le sobreviva y siga dando frutos y auxiliando, divirtiendo o haciendo reflexionar cuando él ya no esté. Con el fin último de ser útil a los demás, porque ese creo que se revela, realmente, el verdadero objetivo que mueve al escritor, seguramente al artista en general independientemente de cuál sea su disciplina.

Como en buena parte de mi obra, desde el punto de vista formal, se advertirá un cierto regusto cinematográfico en el relato premiado. Una tendencia a manejar tiempos que parecen más propios de esa disciplina. A desarrollar narraciones dinámicas donde el elemento visual cobra gran importancia; donde, a través de recursos como la descripción minuciosa, se estimula la imaginación del lector para que este configure en su mente un escenario bien preciso. También, una propensión a sugerir la continuidad argumental de planos que en realidad se sitúan en momentos cronológicos distintos y están ocupados por personajes que no son los mismos. Esta propuesta de saltos en el tiempo y el espacio sin solución de continuidad, sugiriendo una continuidad ficticia entre planos, diría que mucho se parece a una secuencia del séptimo arte. En efecto no puedo negar mi amor por el cine, que seguramente ha dejado su huella también en parte de mi producción literaria.

Quienes han tenido oportunidad de leer el relato constatarán que esta singularidad se relaciona estrechamente con mi notoria afición a jugar al despiste con el lector todo el tiempo que su perspicacia lo permita. Se convierte en una suerte de desafío de ingenio en el que autor y lector se retan. Algo perfectamente lícito siempre que ambos contrincantes sean leales. En mi descargo puedo sólo argumentar que, creo, en el fondo de cada escritor subyace siempre un alma juguetona, incluso cuando esta se ve sometida a tormento. Pensemos, por ejemplo, en el infortunado Poe, que no perdía su ironía ni siquiera al realizar descripciones truculentas o al vivir en primera persona los peores dramas.

Tratándose de un relato de género histórico, si bien se ha procurado dotar de emoción e interés narrativo a la obra, se ha respetado rigurosamente la veracidad de las fuentes, en este caso arqueológicas. Lógicamente se ha efectuado un sólido trabajo previo de documentación sobre la reconstrucción de la religión, los ritos funerarios y el culto a los ancestros de estas gentes, partiendo de los trabajos de reputados profesionales especializados en la Protohistoria de la Península Ibérica como Almagro Gorbea o el recientemente desaparecido José María Blázquez. Las alusiones a los mitos y ritos de estas gentes serán, por tanto, constantes. Incluso durante el sueño oracular y catártico de su protagonista, un episodio que podría parecer una mera invención libre, pero que en realidad propone, en clave simbólica, lecturas profundas relacionadas con las creencias religiosas de ultratumba que algunas fuentes artísticas de estos pueblos revelan.

Para ir finalizando, aunque el hecho tenga sólo valor anecdótico, les confesaré que tras haber escrito la obra, tras horas de mirar los mínimos detalles de El Sacrificador en fotografías ampliadas, tras tanta investigación y reflexión sobre esa estatuilla, tras haber recreado una historia humana con la que dotarla como bagaje, visité el Museo Arqueológico Nacional con la intención de constatar si advertía sensaciones especiales hacia esa pieza. Una estatuilla tan chiquitita perdida en una inmensidad de objetos de toda índole, algunos realmente espectaculares y muy conocidos. Una pieza que, a pesar de su delicada factura y la soberbia capacidad de esquematización que demostró su autor, si uno no conoce y busca detenidamente, pasa desapercibida por su escaso tamaño (poco más de 15 cm). Y, ahora, efectivamente puedo decir que, ante ella, sentí algo distinto: ya nunca volveré a mirarla con los mismos ojos.

Como hemos visto, en Corazón de hierro cobra un papel protagonista la comunidad, la cohesión y el bienestar de la comunidad, que en buena medida se ve determinado por un gobierno responsable de sus líderes, que han de demostrarse modelo de rectitud, defensores del colectivo; cuyo objetivo primordial ha de ser la seguridad y felicidad de sus gentes, incluso en perjuicio de sus propios intereses personales. En ese sentido no resulta fortuito tampoco el seudónimo escogido para presentar la obra: Teutates. Teutates, dios celta que encarna la unidad tribal y para cuyo nombre a menudo se propone la traducción “padre de la tribu”; considerado ancestro y primer legislador, protector de sus pueblos, para los que se convirtió en patrón de la guerra pero también de la prosperidad.

Y así volvemos de nuevo, para cerrar un círculo que por fuerza resultará imperfecto como el de la propia Historia, a nuestro punto de partida: la conclusión con la que abría esta breve presentación, es decir que Corazón de hierro, aunque se ambiente a principios del siglo V a.C., se revela un relato muy actual. Un relato que debería hacernos reflexionar sobre lo que tenemos y sobre lo que queremos. Una reflexión en la que cada lector llegará a sus propias y personales conclusiones. Si al final del camino he conseguido esto, incitar a mis semejantes a interrogarse, mi deber como escritora, que es también un compromiso, estará cumplido.

Alicia se mira en el espejo

Salomé Guadalupe Ingelmo ante el espejo - Relato Alicia se mira en el espejo 2013

A pesar de todos sus esfuerzos, Alicia no consigue encontrarse al otro lado del cristal. Esa desconocida ha de ser feliz: esposo, un hijo sano, un discreto número de amigos, una situación desahogada en tiempos difíciles… Solo que, de repente, en el improvisado espejo se diluyen todos los afeites y artificios como una mancha lavada con trementina, y queda únicamente ella: la mujer insatisfecha, la artista frustrada. Tiembla ante su propia imagen al recordar el consejo del maestro da Vinci. Si tuviese razón y la realidad fuese lo que el espejo refleja… Como dice el eminente crítico Werner Hofmann, una mujer ante el espejo solo puede vivir una experiencia funesta de sí misma.

Esa noche tarda en conciliar el sueño. Finalmente se levanta y camina por la casa descalza para no hacer ruido. Gira el pomo delicadamente, pero ante ella no se abre el dormitorio de su hijo. Se ve a sí misma no en su antiguo estudio, sino en uno ajeno aunque no desconocido. Al fondo hay un lienzo que no es el del cuadro sino una tela impoluta, invitante. En el suelo, sobre los tubos que llenan desordenadamente el maletín de pintura, el turbador espejo de mano. Uno muy similar a ése en el que se contempla la Lilith de Dante Gabriel Rossetti. Ése en el que la Historia del Arte hace mirarse una y otra vez a la denostada Eva para que el pecado de Narciso parezca menos grave.

(Fragmento de Alicia se mira en el espejo, relato de Salomé Guadalupe Ingelmo), 2013.

La imperfección del circulo

La imperfección del circulo por Salomé Guadalupe Ingelmo
La imperfección del Circulo 2012. Salomé Guadalupe Ingelmo

Decide dejar el enorme tríptico para el final de su visita al museo. Quizá para entonces la sala se haya liberado un poco y sea posible disfrutar de la tabla sin tener que esperar turno. Por mucho que lo intente, no consigue concentrarse en las obras con alguien que le resopla impaciente en la oreja. Resulta asombroso observar cómo la gente se agolpa frente a esa pintura, que parece ser la que suscita más interés y despierta mayor admiración de todo el Prado. Y eso que el museo está lleno de grandes cuadros.
En efecto, ahora hay menos visitantes ante la obra y puede observarla detenidamente. Lo primero que le llama la atención es su gran tamaño, mucho mayor de lo que imaginaba al ver sus fotos en los libros de arte. Ante el original consigue advertir detalles en los que nunca había reparado. Siempre ha tenido una visión general del cuadro bastante vaga, pero ahora es muy distinto. A tan corta distancia del tríptico, absorben su atención las marañas de cuerpos delgados y palidísimos que se entrelazan y contorsionan, los rostros ora inexpresivos ora desfigurados por el sufrimiento y el miedo... El blanco cerúleo de sus pieles le atormenta. Intentando huir de esa visión de muerte, paradójicamente, se obstina en apartar la vista del Jardín de las Delicias y concentrarse en la tabla del infierno, donde al menos predominan los colores oscuros.
Sólo entonces se percata de lo depravado de las torturas que allí aplican los demonios sobre los pobres pecadores. Decenas de minúsculas escenas aberrantes que lo llenan todo. Podría dejar de mirar. Debería dejar de mirar… Pero el cuadro ejerce una morbosa atracción sobre él. Mareado, se dice que quizá sea posible escapar hacia el fondo, que a primera vista parece libre de personajes. Sin embargo, al centrar su atención en esta zona de la tabla, advierte que los campos están sembrados de diminutos cadáveres amontonados. Muchos, aparentemente carbonizados. Esa claridad tenue e irreal procede del incendio que corroe la ciudad. Ésta arde por dentro, y la fantasmagórica luz que escapa por las ventanas de sus edificios ilumina la noche como un macabro faro. Puede sentir el calor que desprende la tabla.
Con horror, se percata de que entre los edificios en llamas hay un molino. Un molino hacia el que se dirige un ejército armado y amenazante. En las inmediaciones, los demonios obligan a unas pobres almas indefensas a bajar hasta un pozo del que salen lenguas de fuego, un horno incandescente en el que desaparecerán para siempre.
–Fascinante, ¿verdad? –dice el joven que tiene a su lado.
–Sobrecogedor –murmura el anciano casi sin aliento. Nunca había visto una representación tan realística del infierno.
–Sí. El Bosco tiene una fuerza expresiva de la que el resto de pintores flamencos carecen.
–Yo también estuve allí.
–¿En Holanda? Hermoso país. Muchos compañeros míos de la Universidad han viajado hasta Ámsterdam por motivos… lúdicos, y todos aseguran que es una ciudad sorprendente…
–En el infierno. Yo también estuve en el infierno –interrumpe el viejo con voz monótona y mirada perdida, como si estuviese muy lejos de esa sala.

A pesar de todo, sigue siendo un hombre extremadamente afable y adora la compañía de los jóvenes, de modo que acepta la amable invitación del desconocido. Se ha empeñado en llevarle a un restaurante fuera del museo, donde los precios son desorbitados. Y él está ahora tan turbado que, en efecto, no le importa dar por concluida la visita al Prado.
–¿Ha conseguido ver el museo entero?
–Sí. Aunque tendré que volver. No he podido disfrutar demasiado de cada obra.
–Su generación es asombrosa. Si yo lo recorriese todo en un solo día, acabaría arrastrándome por el suelo. Y eso seguramente causaría muy mala impresión a los turistas, quienes más parecen disfrutar de él. ¿Usted no se siente cansado?
–Bastante –contesta con una inquietante sonrisa en los labios.
–Verá, no desearía ser indiscreto; pero pretendo escribir una tesis sobre ese cuadro y… desearía hacerle algunas preguntas al respecto.
–Se equivoca usted, joven. No soy especialista en arte sino periodista jubilado.
–Usted ve en ese cuadro algo que yo no puedo ver, ¿verdad? –indaga fingiendo no haber oído su respuesta.
–Es usted tan amable, tan fresco, tan… joven que creo deberle la verdad. Sí, yo veo en esa tabla cosas que usted, afortunadamente, no puede ver. Sin embargo, lo que yo veo difícilmente le puede ser útil para su tesis. No obstante, si de verdad quiere escucharlo, estoy dispuesto a contárselo.

Salome Guadalupe Ingelmo
En Lublin sentía que me secaba. Tenía la sensación de que mi trabajo como periodista me robaba la inspiración. A menudo, tras haber redactado prosaicos artículos sobre temas que no me interesaban en absoluto, advertía que ya no me quedaban ganas de escribir mis propias obras. Tenía la dolorosa sospecha de que el periodista que era estaba asesinando poco a poco al escritor en el que estaba convencido que podía convertirme. Tenía muchas cosas que contar y compartir, pero no conseguía que cobrasen forma definitiva. Y eso me frustraba terriblemente.
Un día decidí que había llegado el momento de hacer algo al respecto y, tras consultar con mi esposa, tomé una decisión drástica. Ella era una mujer maravillosa que siempre me apoyaba en todo. Me ayudó a encontrar el valor suficiente para cambiar totalmente de vida. Cuando en el periódico se enteraron de que me despedía para trasladarme a las afueras y que mi intención era convertirme en molinero, me tomaron por loco. Y la verdad es que no puedo reprochárselo.
En Polonia hay hermosos molinos antiguos. A Rachel, mi esposa, le habría gustado tener un molino de agua para vivir al lado de un río, pero yo me empeñé en que comprásemos un molino de viento. Para mí no era un capricho y mucho menos, un detalle baladí. Lo consideraba un acto simbólico: finalmente me enfrentaría a mis monstruos como Don Quijote. Pero además esperaba que se convirtiese en un pretexto para cultivar mi espíritu, para rebuscar en mi interior el ruah, el viento que Yahweh insufló en Adán y gracias al cual éste adquirió alma y dejó de ser un simple pedazo de arcilla.
Si bien soy creyente y practicante, no me he considerado nunca un hombre especialmente devoto. Mis anhelos eran algo más, algo que iba mucho más allá de lo puramente religioso. Necesitaba encontrarme a mí mismo, y estaba convencido de que una vida sencilla podía ayudarme a ello.
Pese a nuestra torpeza inicial en el uso del molino, nuestros nuevos vecinos nos acogieron con entusiasmo e infinita paciencia. Rachel se encargaba de un pequeño huerto y algunos animales para uso doméstico. El trabajo cotidiano nos permitía satisfacer nuestras pocas necesidades materiales. Éramos muy felices. Finalmente conseguía escribir y sentirme orgulloso de lo que escribía.
Pero un día toda esa felicidad desapareció para siempre.
–Lo siento. Un incendio, supongo ―interrumpe el joven, que hasta ese momento ha mantenido un respetuoso silencio–. Ese tipo de accidentes no son tan raros en los molinos, dada la facilidad con la que arden los sacos de grano que en ellos se acumulan.
–No, no fue un incendio. El molino sigue en pie aún hoy, aunque ya no es mío. Nos fue confiscado hace mucho tiempo. Ahora, afortunadamente, se ha convertido en parte de un museo etnográfico al aire libre.
–Y entonces, ¿qué paso? –indaga impaciente.
–Pasó el Nazismo, muchacho.
El anciano mira los ojos del joven desconocido y se decide a contar finalmente el resto de su historia. No se advierte rencor en sus palabras, sino sólo melancolía. Un tibio sentimiento que contrasta con las atrocidades que se dispone a narrar. Habla despacio, con una calma casi irreal. Como si estuviese contando la historia de otro o, más bien, el argumento de una novela. Sólo se le quiebra la voz cuando menciona a su esposa. El joven sospecha que es precisamente ése el motivo por el que apenas habla de ella. Hace mucho tiempo decidió no permitir que controlasen sus emociones, y ni siquiera quitándole lo que más quería han logrado quebrantar su decisión.

El Tercer Reich invadió Polonia. Sus tropas entraron en Lublin el 18 de septiembre de 1939, e inmediatamente empezaron a imponer medidas raciales. Los intelectuales fueron los primeros eliminados. A los que presuntamente éramos trabajadores manuales se nos imponían trabajos forzados. Sin embargo no les bastaba con que trabajásemos para ellos. Un día, en 1941, un grupo de soldados vino a por nosotros. Nos enviaron al ghetto de Lublin. Volvíamos a la vida de la ciudad, ésa de la que habíamos huido para encontrarnos a nosotros mismos; pero ahora en peores condiciones que nunca. Aunque parece que en los ghettos de Varsovia y Lodz se estaba mucho peor aún. Me concedieron un permiso de trabajo para una de sus fábricas, y gracias al mercado negro no pasamos demasiadas penurias. En 1942 nos trasladaron al nuevo ghetto de Majdan Tatarski, en los suburbios de Lublin. En noviembre de ese año nos deportaron al campo de Madjanek, nuestro destino final.
La vida allí era extremadamente dura. Yo logré soportarla. Rachel no.
Los hornos crematorios no conseguían consumir del todo los cuerpos de las víctimas extraídas de las tres cámaras de gas del campo. Era frecuente que algunos huesos resistiesen al fuego, y entonces había que reducirlos a polvo de otra forma. Probablemente lo que quedaba de mi pobre Rachel acabó en el molino de huesos. Aquel era totalmente distinto del que nos había dado la felicidad por un breve espacio de tiempo. Se trataba de una pequeña máquina de frío metal, fácil de transportar. Funcionaba con sucio gasóleo, no con viento puro como el que se había convertido en nuestro hogar. El nuestro había sido un molino de vida, mientras que éste era un mecanismo de muerte. Aunque, paradójicamente, las cenizas de hombres, mujeres, niños y acianos se vendían como fertilizante, por el fosfato de los huesos.
Si dejabas de ser útil como mano de obra, pasabas a serlo como materia prima. Las pobres ropas y calzado de las víctimas, las gafas e incluso sus prótesis se aprovechaban. Arrancaban las piezas dentales de oro y las mandaban a Berlín para que fuesen fundidas. El cabello también se vendía a las industrias textiles. Dicen que incluso la grasa de algunos cuerpos era usada para fabricar jabón.
El sistema era como un gran aparato digestivo capaz de nutrirse de casi todo. No le hacía ascos a nada. Todo era reabsorbido y reutilizado. Casi nada terminaba excretado.
Fuimos pocos los que sobrevivimos a la masacre del 3 de noviembre de 1943. Decidieron cerrar el campo y mandaron una unidad especial de SS para fusilar a los que aún vivíamos. Lo llamaron “Festival de la cosecha”. Los disparos casi lograban acallar la música de Wagner que los altavoces difundían a todo volumen. Afortunadamente estábamos demasiado cerca de Ucrania y no les dio tiempo a llevar a término sus planes.

Mientras pinta uno de los múltiples alambiques que ha introducido en su obra, recuerda sus primeros escarceos con la alquimia.
Él había buscado insistentemente la piedra filosofal, sí; pero no era la riqueza lo que perseguía. A pesar de su desahogada posición económica, la avaricia –ese mal tan extendido en su rica sociedad de burgueses comerciantes– le repugnaba. En su cuadro, los culpables de tal pecado iban a parar al fondo de un pozo lleno de oro defecado por otros como ellos. Tampoco le interesaba la vida eterna. Había visto ya demasiado de la naturaleza humana como para estar seguro de ello. Se había acercado a la alquimia en busca de la Verdad, del conocimiento de sí mismo, de ese tesoro encerrado en los huevos, moluscos y esferas que había representado en el tríptico. Y tras mucho esfuerzo, había alcanzado su propósito. Pero eso, ineludiblemente, le había hecho descubrir también la verdadera naturaleza del hombre. La búsqueda del conocimiento se convirtió en un viaje a los más insondables abismos de la locura humana, y le condujo derecho al infierno en vida. Habría debido imaginarlo.
Observa su representación del infierno y su propia imagen le atrapa. Mira esa figura grotesca en la que se ha convertido a sí mismo y se pregunta si alguien algún día conseguirá comprender el profundo padecimiento que se esconde tras esa obra. Se dice que es imposible.
Se ve convertido en ese huevo místico que todo lo envuelve, en ese atanor alquímico que da la vida a la piedra filosofal y concede la gnosis, ese conocimiento que le ha permitido contactar con su alma, con el viento que el Señor insufló en el hombre por la nariz y con el que el hombre infla la gaita con la que ha coronado su grotesco sombrero. Pero es un huevo caduco –casi podrido– sostenido por quebradizas piernas, resecos y carcomidos troncos huecos que se mantienen en precario equilibrio sobre inestables barcas –ésas con las que ha efectuado su malogrado viaje hacia la comprensión de su naturaleza–. Es un cráneo animal tan blanqueado como los sepulcros de los hipócritas y fariseos de los que hablaba Mateo. El conocimiento que soporta se ha convertido en una carga demasiado pesada, que quiebra la fina capa de hielo que aún le sostiene y que amenaza con hundirle para siempre en la oscuridad de un lago helado sobre el que otros pobres estultos patinan despreocupadamente. El pálido rostro que ahora mira, su rostro, es el de la muerte.
Como siempre, observa fascinado el fondo de la tabla. Rememora el enorme incendio en su ciudad natal –quién sabe si fortuito o provocado–, la creciente intolerancia y los disturbios, la facilidad con la que un hombre puede ser tachado de hereje, las torturas en las plazas públicas, la violencia y el odio que se extienden por su patria disfrazados de defensores de ideales presuntamente nobles, la fragilidad de la vida humana… Y sospecha con una infinita tristeza que la Historia es como ese molino en llamas de su infierno, que gira y gira sin parar. Que sus acontecimientos vuelven para atormentarnos cíclicamente, como regresan esas aspas a su posición original arrastradas por el impredecible viento. Y que ese lento pero ineludible rotar habrá de perseguirnos hasta el final de los tiempos.
(Salomé Guadalupe Ingelmo. Primer accésit del VI Premio “Briareo” de cuentos organizada por la Asociación de Amigos de los Molinos de Mota del Cuervo, y publicado en la antología de textos finalistas de dicho certamen, Mota del Cuervo, Cuenca, España, 2008, p. 29-41. Posteriormente dio título a la primera antología de cuentos personal de la autora: Salomé Guadalupe Ingelmo, La imperfección del círculo (Antología de trece relatos de la autora), Libros de las Gaviotas, Ediciones COMOARTES, Madrid/México D. F.  2012)


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